sábado, 4 de junio de 2016

Literatura: La muerte en Las Dunas (cuento, primera entrega)

Por: Karim Yaver


«Verrà la morte e avrà i tuoi occhi –
questa morte che ci accompagna
dal mattino alla sera, insonne,
sorda, come un vecchio rimorso
o un vizio assurdo. I tuoi occhi
saranno una vana parola,
un grido taciuto, un silenzio».
Cesare Pavese, Verrà la morte e avrà i tuoi occhi

«Una fuerte tormenta azotó los alrededores del pueblo Las Dunas la tarde del día de ayer, dejando a su paso grandes cortinas de arena y ráfagas de…»
«…no dude en llamar a su distribuidor…»
«I put a spell on you, because you’re…»
Un agudo chillido, un chillido rugoso. Otro y otro. Es el cambio de estaciones en la estropeada radio del sucio bólido, deslizándose difícilmente, semejante al maullido de una gata en celo o al desaforado bramido de un enfermo de enfisema pulmonar. Los dedos de Jean sobre el volante se agitan nerviosos al rememorar la tos de su padre moribundo. Es ya de madrugada y, muy distante en el horizonte, aún imperceptible, un nuevo día se comienza a vislumbrar.
Tenemos, por un lado, al joven Jean, tras cerca de dieciséis horas ininterrumpidas manejando (si no tomamos en cuenta una primera parada para cargar combustible y una segunda para descargar excretas), tambaleándose de a poco sobre la delgada línea que separa a la alerta del sueño. Por el otro, al viejo auto, en buenas condiciones a pesar de haber sido construido treinta años atrás, marchando en una línea aburridamente recta desde hace casi 140 kilómetros bajo el azote del estático ambiente del desierto. Y en medio, forjándose robusta entre ellos, a la carretera despoblada en la que el transitar se ha ido tornando, segundo a segundo, agobiante y monótono.
Las polvorosas ráfagas que, desde la tarde anterior, se han mezclado con el aire viciado del desierto, le exigieron a Jean mantener las ventanas cerradas; ha resultado más que necesario el impedir la entrada del aire gélido y de la arena que con saña azotan el parabrisas y el desgastado chasis. Sería claro, en este instante, para cualquier observador externo, notar un remolino de abrumador calor germinando en el interior de la cabina. Pero el único testigo es él —Jean—, y el único recuerdo es el de la cama de algún motel desconocido; el único reclamo es el del sueño que lo agobia. Y el turbulento vapor se convierte entonces en un eficiente somnífero, en una inminente condena el confinamiento, la prisión que es el exilio ante la amenaza de la arena y el desierto.
El tedio por el viaje y el grave peso de la temperatura en incremento, causa que la torpe capacidad del joven de mantener el andar recto del auto azul marino —un V8, 1964—, mengue poco a poco. Primero, con un desvío hacia la derecha. Luego, tras un leve suspiro, casi un ronquido parido desde su garganta, con un nuevo desvío, ahora hacia la izquierda. Lentamente invade el asfalto del carril contrario. Su cabeza se tambalea, norte-sur, sur y norte, arrullándolo, abstrayéndolo del gris monótono del camino frente a sí.
«Son las 4:40 de la madrugada», soltó unos minutos atrás, desde una aparente distancia, la radio. La carretera estatal sigue extendiéndose longeva y desolada, tanto como el mismo paraje que la circunda. La dirección que va tomando el auto, con Jean aletargado ante el volante, se torna alternativamente recta y curva; son los trazos cansados de un pintor borracho sobre ese lienzo de madrugada: de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. De su propio cabeceo brotan débiles estrías de una cruz imaginaria que nace de plasmar, sobre esa nada, una línea transversal al zigzag del vehículo. Son ya las 4:45 de la madrugada, y la radio aún suena tenuemente al ritmo despampanante del blues vudú de Screamin’ Jay Hawkins.

Una noche árida y silenciosa es en sí misma un augurio de muerte, si no es que la muerte misma. Y esta noche es silenciosa y calma, igual que lo es el suspiro de ese augurio de esa muerte. Y es silenciosa, y es calma, hasta que un chillido agudo —un nuevo chillido agudo—, emitido desde las negras fauces del infierno (así se lo dicta su sueño), se interna por sus oídos retumbando alrededor y entre las fibras de su tímpano amargo. Una brillante y cegadora luz amarillenta se erige frente a él, una luz que lo señala desde el mismo negro infierno que parece llamarlo con gritos de dolor y de deseo. Tatuado sobre sus párpados, lo mira fijo un ojo llameante y resplandeciente. Resbalando por sus oídos, un llamado, un alarido de realidad, lo seduce para arrancarlo de pronto y con vehemencia de su letargo.
El auto circula ya por completo sobre el carril equívoco. Un segundo auto, un deportivo, acatando las leyes de tránsito y acercándose en dirección contraria, toca violentamente el claxon y eleva la emisión biliosa de sus luces. Jean no despierta a tiempo. El conductor del deportivo, en un único y desatinado acto de desesperación, gira violentamente el volante mientras frena. Se sale del camino. Vira, vuela un segundo y medio por los aires y cae sobre la negra orilla de esa playa que es el desierto, límite azaroso de aquel furioso mar que es el pavimento. El alto no es total. El deportivo, tras girar y volar, da varias vueltas sobre la arena, destrozándolo todo en su interior. Gira, vuela y cae para convertirse en una hoguera de lámina, asientos de piel y carne humana.
Jean detiene despavorido su auto al observar la carambola por el espejo retrovisor. Pone en marcha la reversa y acelera para acercarse con premura a la recién nacida hoguera. Frena de golpe y baja del V8. La madrugada casi termina, pero el profundo azul grisáceo de la noche le impide una visión nítida frente a la opacidad que ahora reina, a tan solo unos minutos del alba. Abandona entonces el bólido en la orilla de la carretera y corre despavorido en dirección al desastre que acaba de provocar. Los azotes y las ráfagas de arena y viento difuminan aún más lo que ante sus ojos se despliega; a pesar del ligero destello de las llamas que consumen lentamente al auto accidentado, no puede evitar uno que otro tropezón al aproximarse torpemente hacia ese fuego que, famélico, se eleva imperando en medio del desierto.
Su rostro fatigado flota entre la sombra y la arena, recubierto por la palidez de un cadáver. Su entumecido cuerpo se tambalea lánguido sobre sus entumecidas piernas. Desfallece casi, pues, sumada a las horas continuas sin dormir, a la inmovilidad de su cuerpo, al haber permanecido tanto tiempo sin comida y con tan sólo minúsculas cantidades de agua, a su demacrada condición, está la culpa, una culpa que carcome las entrañas, que las devora desde el fondo, contagiándoles el hambre, volviéndolas vampiras, caníbales insaciables que acaban lentamente consigo mismas y cuya única ambición es continuar con el resto de su organismo.
Las llamas de la pira formada por los restos del auto accidentado y por su chofer, irremediablemente muerto, se elevan, tenues desde la noche, desde las sombras, constituidas por una base azul, un azul tan profundo como el de los mismos iris del hombre incendiado; por un cuerpo rojizo y anaranjado, igual al del sol que a unos kilómetros corre con prisa; y por un amarillo azufrado que, lánguido, descansa en la punta. La muerte nació de Satán, al igual que el pecado, según Milton.

Al tiempo que es testigo de la ferocidad de las llamas, el aullido penetrante de una patrulla que a unos ciento veinte metros ha escuchado el estruendo del incidente, potenciado al verse envuelto por el silencio de la madrugada en el desierto, comienza a aproximarse. Desconociendo el canto de la sirena, Jean camina con paso despreocupado hacia los restos del auto que arde como pausado. Detiene el paso al colocarse a un costado de la puerta del copiloto. Permanece de pie y contempla a través de la ventana destrozada el rostro desfigurado del cadáver que es ya un mismo ente junto con el parabrisas. Ese rostro, o el reflejo difuminado de ese rostro ante el espejo opaco de sus propios ojos, recorre ahora cada parte de su anatomía en la asfixiante forma de un escalofrío. La sangre chorrea espesa por los delgados riscos de los cristales rotos y cae sobre el tablero impactado, comprimido, del auto. Chorrea y fluye, la misma sangre, por las curvas desfiguradas del volante incrustado en el pecho del conductor. Asoma de él una costilla brillante y paliducha, buscando la libertad… encontrándola al fin.
Atónito, contempla la escena sin parpadear. Una especie de niebla oscurece su mirada pues no parecen atreverse las llamas a iluminar su semblante. La muerte se le plasma agria y letal en el iris mortecino de los ojos. Fijo, de pie e inmóvil, no aparta ni por un segundo la vista del cadáver destrozado del desgraciado que ha perecido por culpa suya, de su sueño, de su somnolencia. El llanto agudo de la patrulla de caminos se escucha cada vez más cercano. De pronto, el chillido se apaga y la patrulla se estaciona rebuznando a un lado del camino. Descienden de ella dos oficiales, ambos altos, ambos robustos, ambos caucásicos y ambos bronceados por el sol del desierto; uno más viejo que el otro.
Gracias a que la tormenta ha perdido mucha de su intensidad en los minutos posteriores al accidente, los oficiales pueden observar desde lejos al extraño sujeto de pie, estático frente a aquel monumento mortuorio, contemplativo ante la sangre que sigue fluyendo del cadáver incrustado en el auto (¿o es el auto el incrustado en el cadáver?). Caminan con sigilo hasta verse próximos al joven, lo suficiente como para no exponerse a un posible ataque sorpresivo, aunque sí para contenerlo con un disparo en la frente (sólo si procede de manera violenta, claro está), o en el pecho, o en el estómago. Sus manos, precavidas y agarrotadas, se ciñen como magnetizadas a unos cinco centímetros de las culatas en sus cinturones.
—¿Qué pasó aquí, chico? —dice el oficial más viejo, arrastrando las sílabas ahogadas por el tabaco rancio que mastica. Mientras, su compañero solicita una ambulancia por la radio—. ¿Tuviste algo que ver con esto? No puedes dejar tu máquina en medio del camino. ¡Chico!
Pero el chico continúa atónito, hipnotizado por el destello de la muerte sobre aquel cadáver. Ese hipotético observador externo del que ya hablamos notaría ahora, en su boca, el brote de una ligerísima sonrisa socarrona; tal vez, incluso, un miembro endurecido bajo sus jeans.
Mientras el uniformado viejo le sigue increpando, el uniformado joven, que llama por la radio, dirige su vista al accidente. Algo lo atrae fuertemente, magnetizándolo como lo hizo con Jean. Da de pronto un paso, luego otro, sin apartar la mirada del auto accidentado, de sus tenues llamas, del cadáver exangüe que chorrea sangre hirviendo de su cráneo y de su pecho. Suelta entonces la radio portátil, dejándola caer sobre la arena. Del viejo parte un silencio y una mueca de sorpresa.
—¡Muchacho! —grita éste, procurando ignorar la extraña actitud de su compañero—. Date la vuelta.
Jean gira su cuello; gira después el resto de su cuerpo. Su mirada luce… o, más bien, no luce, está tan muerta y opaca como el cadáver que se mantuvo observando durante varios minutos. El viejo no puede evitar un ligero sobresalto y un nudo en la garganta al verse así contemplado. Al fondo, asciende un averno gehénico bien conocido por Dante (el florentino, como Cristo, no descendió al infierno, se internó en el desierto). Lo circunda una madrugada que se sacude, minuto tras minuto, desde la espalda de Jean hacia las sombras que carcomen las difusas siluetas en el cielo. El amanecer se halla aún lejano, lo suficiente como para negarle al viejo oficial toda esperanza, pues Jean, de pie frente a él, posee en sí mismo un arma más poderosa que la 45 en su cinturón.
El joven gira de nuevo hacia el auto destrozado, se aproxima a él, estira sosegadamente su brazo, lo sitúa sobre las llamas —inocentes a su lado— sin inmutarse, y toma un gran pedazo de vidrio del parabrisas quebrantado mientras el fuego carboniza sus vellos y su carne. Retira el brazo con la misma calma. Gira de nuevo hacia el viejo oficial y camina con una imperiosa tranquilidad hacia él. Uno, dos, tres pasos, cargando en su mano derecha el brillante cristal. Letal. El otro oficial, a su derecha, permanece sofocado por la embriaguez, pasmado, concentrado por entero en la muerte que destila un licor adictivo; se ha embriagado. Uno, dos, tres pasos. Jean continúa caminando hacia el viejo que permanece inexplicablemente paralizado. Algo le impide acercar su mano magnetizada a la funda del cinturón, le impide tomar su revólver, empuñarlo, apuntarlo y disparar. Los ojos de Jean, y el hierro incandescente de su mirada, caen sobre él, y ese peso lo mantiene inmovilizado.
Uno, dos, tres pasos más.
Jean levanta el brazo sobre su cabeza, aprieta el cristal contra su mano chamuscada —sangran ligeramente las rayas y las comisuras de su palma—, lo deja caer entonces con fuerza, lo clava en el arrugado cuello del policía. Lo retira luego y lo incrusta una vez más, con mayor fuerza. Una profunda herida se extiende en la garganta del viejo oficial; la sangre chorrea briosa de ella. El viejo desfallece, sus rodillas tocan el piso y cae el resto de su cuerpo para desangrarse sobre la arena. El alba excreta el primer rayo de la mañana, un poco púrpura, casi como el tono del charco de sangre que refleja el resplandor de las llamas.
El joven oficial observa toda la escena, impávido y quieto. Jean gira su cabeza y dirige la vista infame hacia sus ojos asombrados. Asienten ambos con la mirada.
El joven se encamina a la patrulla. Abre la puerta del copiloto e ingresa al interior. Se sienta y se fija al lugar con el cinturón de seguridad. El oficial camina hacia el cuerpo frío y lívido de su otrora compañero; coge las llaves de la patrulla y el revólver que no había abandonado su funda. Mira indiferente el cadáver del hombre que había sido su pareja durante quién sabe cuántos años. Mira el cadáver chamuscado del hombre en el deportivo. Se levanta, y levanta a su vez la vista rumbo al horizonte, que clarea poco a poco, con tonos purpúreos y magentas primero, envueltos después quedamente por una aurora de vivaces destellos ambarinos y anaranjados. Camina hacia la patrulla e ingresa en ella por la puerta del conductor. Entrega a Jean el arma del viejo, se asegura al asiento al igual que su nuevo compañero y enciende el motor. Dan la vuelta y avanzan. Cerca de los doscientos metros recorridos, escuchan al engendro que nace de las llamas al combinarse con la fragilidad del combustible contenido en el tanque del auto: una explosión; fuerte, lo suficiente como para haber calcinado al hombre-máquina y al mismo viejo, que tal vez continuaba agonizando.
Se encaminan en dirección sureste, tomando el mismo camino que Jean llevaba antes de ocurrido el accidente.
El sol naciente vomita ya sus rayos débiles y exangües sobre el costado derecho de sus rostros, rebotando en la hueca concavidad de sus ojos. Hace en ellos evidente la ausencia de sus almas, y es que el infierno las ha tomado, y la muerte ha llegado para ocupar su lugar.


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